9 DE JULIO

Alimentos de la infancia para niños de todas las edades

Galletitas de animales y cacao para beber es la mejor de las cenas, yo pienso. Cuando crezca y lo que quiera pueda tener querré siempre eso comer, yo pienso.

Christopher Morley

Las primeras Navidades lejos de casa las pasé en Londres, en 1972. Unos días antes del 25 de diciembre me llegó una caja enrome con regalos. Entre ellos, y de parte de mi madre, había un pijama de franela roja con los pies incorporados. No consigo imaginar dónde pudo encontrarlo de mi talla, pero ahora que ya tengo experiencia en esas cosas, estoy convencida de que se pasó horas planificando y buscando estas cosas para sorprenderme.

En aquel entonces, sin embargo, no aprecié su regalo ni su gesto. Yo tenía ya veinticinco años, me creía muy refinada, y me sentí insultada al ver que aún pensaba en mi como si fuera una niña, lo cual, en cierto modo, es exactamente lo que yo era. Mi madre, que había sido destinada a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial como enfermera del ejército, sabia que Londres podía ser frío, húmedo, sombrío y, en el peor de los casos, entumecedor.

Puesto que conocía muy bien las bajas temperaturas, de inmediato descarté el pijama, prefiriendo tiritar dentro de un quimono de seda negro.

¡Qué no daría ahora por aquellos pijamas! Combinaría perfectamente en el estado de ánimo de una cena a base de alimentos de la infancia, que es lo que las mujeres adultas como tú y yo, a veces necesitamos para sentirnos mejor, al menos  durante un rato.

Cuando te sientes insegura lloras con facilidad, cuando te sientes tan cansada que los ojos te arden por el esfuerzo de mantenerlos abiertos, cuando necesitas abrazos y alguien que te dé palmaditas en la espalda mientras te susurra «vamos…vamos», pero no tienes a nadie a tu alrededor, entonces necesitas alimentos de la infancia. Éstos son las recetas tan queridas de cuando éramos pequeñas y que de inmediato evocan felicidad, los inocentes momentos en que todo iba bien en el mundo porque sabíamos cuál era nuestro sitio en él.

Una época en que, embutidas dentro de nuestros pijamas de franela, nos sentábamos a cenar antes de que nos explicaran un cuento y nos acostaran…

En una ocasión, al final de una cena deliciosa y refinada que había organizado una dama de unos cuarenta y pico de años, inteligente y acomodada, las bromas ingeniosas se interrumpieron bruscamente cuando nuestra anfitriona trajo los postres. Frente a cada comensal depositó un cuenco de arroz con leche cubierto de nata templada y salpicado con nuez moscada. Después de los primeros bocados titubeantes vinieron las exclamaciones de placer, y al unísono dijeron: “¡Hacía años que no lo probaba!”. En aquella mesa, el placer era algo palpable.

«Los alimentos de la infancia son el remedio supremo, y no es de extrañar, ya que, por insondable que fuera en realidad nuestra infancia, siempre parece más atractiva cuanto más lejos queda. Recuerdas la papilla tibia que te daban en cuenco decorado con conejitos danzantes, o el ritual del vaso de cacao al volver de la escuela», nos recuerdan Jane y Michael Stern, autores de Square Meals.

Ahora que ya hemos crecido y que podemos tener lo que queremos, no deberíamos olvidar que nunca es demasiado tarde para tomar estos alimentos de la infancia: tostadas con queso fundido, tostadas con leche condensada, caldo de gallina, huevos escalfados, torrijas, gachas con puré de manzana, plátanos al horno, flan al caramelo, cuajada, tapioca y tarta de chocolate con una buena ración de nata. Si no puedes recordar cuándo fue la última vez que te permitiste algo untuoso, consolador y delicioso, algo que te hiciera relamer los labios, entonces es que hace demasiado tiempo. Para refrescar tu memoria, los Stern han dedicado un capítulo entero a los alimentos de la infancia en su libro Sqare Meals.

La próxima vez que estés nerviosa, o necesites  que te consuele, haz una pausa para preparar algo suave y cremoso que calme tu embotado paladar y tus chirriantes nervios. Y si esto no funciona , siempre te queda tu oso de peluche y el pulgar. Así que lávate las manos y cógete una silla.

El lugar más agradable que conozco es la cocina: el fogón reluce y sisea el vapor en la marmita, y allá en la penumbra, qué dicha contemplarlo, el cacao y las galletas me están esperando.

No te preocupes, hay suficiente para las dos. Ahora ya soy una niña crecidita. Sé cómo hay que compartir.