12 DE JULIO

Cómo cocinar un lobo

En el portal se oye un plañido… Unos arañazos en el suelo de madera…¡Atención! ¡Atención! ¡Oh Dios mío! ¡El lobo está frente a la puerta!

Charlotte Perkins Gilma

¿Quién le teme al malvado lobo feroz? Todas le tememos. Porque antes o después gimotea y araña nuestra puerta.

Tener dinero en el banco no es obligatoriamente un seguro contra los resoplidos. Hace poco, mas de un centenar de hombres y mujeres situados entre los mas ricos de Estados Unidos, que habían invertido en la prestigiosa y ahora insolvente compañía de seguros Lloyd de Londres, perdieron todos sus bienes cuando inesperadamente les exigieron sus pagarés para liquidar las deudas de la compañía. Tal como les explicó un ex millonario, la única cosa que podía considerar realmente suya era la camisa que llevaba puesta y los gemelos de oro. Y, si bien ahora los inversores norteamericanos buscan alivio en los tribunales, no dudo ni por un instante que algunas de las familias más ricas del país, que nunca debieron preocuparse por la falta de dinero antes, ahora cómo un aliento cálido les eriza la piel más que nunca.

Para los demás, la llegada del lobo es menos espectacular, pero igualmente traumática. Las historias de nuestros lobos nunca se mencionan en los periódicos: una repentina pérdida de empleo, un negocio familiar que se va a pique, un pariente anciano obligado a entregar su casa a compañías de asistencia médica como Medicaid para pagar unos cuidados a largo plazo: es gasto inesperado para un tratamiento de la esterilidad o para la adopción; el techo que necesita reparación; las termitas del sótano; el cocho de ocho años que no hay quien lo resucite.

Cuando el lobo llega, «la textura de nuestra fe está llena de enormes agujeros. A nuestros modelo la faltan piezas», nos recuerda M. F. K Fisher.

Mary Frances Kennedy Fisher, que probablemente fue la mejor escritora de libros de cocina de nuestro país, conocía muy bien los malos tiempos. De hecho, uno de sus primeros libros fue «How to Cook a Wolf», que se publicó en 1942, durante la peor época de escasez de alimentos en tiempo de guerra.

Ella escribía basándose en experiencias propias. Durante gran parte de su vida, la señora Fisher, tuvo que mantener los lobos a raya.

A pesar de que era muy conocida (durante muchos años escribió la The New Yorker y otras publicaciones), la verdad es que nunca estuvo bien pagada, y continuamente tuvo que adaptarse al precario estilo de vida de los colaboradores que no están en nómina para mantenerse a sí misma, a sus dos hijas y, en distintas épocas, a sus tres maridos. Y digo, «estilo de vida» y no «existencia» porque M. F. K Fisher sabía cómo vivir bien, independientemente de cuál fuera su saldo bancario. Fueran cuales fueran las circunstancias, nunca se limitó a la mera existencia. La pobreza siempre se experimenta en el alma antes que en la cartera.

Parece increíble pensar en M.F. K. Fisher con escasez de dinero, porque nunca le faltó una existencia con el encanto de la vida simple. Tal vez disfrutara de la buena vida porque la recibía con un corazón agradecido. Ella viajó mucho, vivió en Francia y en Italia, escribió muchos libros excelentes, tuvo amores apasionados, disfrutó de un amplio círculo de amigos y admiradores, y siempre saboreó las revelaciones diarias que proporciona el comer y beber bien. El yo auténtico de M. F. K. Fisher encontró expresión exterior en la exuberancia.

Para aquellas que quieran seguir sus pasos, ella  recomienda arrancar las malas hierbas de los deseos, dejar tan sólo los anhelos sagrados, «a fin de que se pueda vivir más agradablemente en un mundo donde cada vez hay más sorpresas desagradables».

¿Cómo lo consiguió ella? No echando a correr cada vez que llegaba el lobo feroz, no cediendo ante sus temores de que éste fuera a invadir su casa. Ella sabía que los remolinos del destino suelen ser tan sólo aire caliente. En cambio, aprendió a ser más lista que el lobo, a atraparlo y cocinarlo. Concentrándose en lo bueno que tenía a su lado: un buen vaso de vino, un buen tomate, una buena hogaza de pan. Una hermosa puesta de sol, una charla animada, una relación afectuosa. Ella sabía que la buena vida no priva de nada. 

«Todavía puedes vivir con gracia y sabiduría – nos anima -, si confías en tu sentido innato de lo que debes hacer con los recursos que tienes para impedir que el lobo asome hambriento a través del agujero de la cerradura.