10 DE JULIO

Misticismo en la cocina

A fin de cuentas, quienes mejor saben enfrentarse a los irritantes detalles del mundo exterior, son aquellos que tienen una vida interior más profunda y auténtica.

Evelyn Underhill

«Las ocupaciones de una mujer corriente por lo general se oponen a una vida creativa o contemplativa, o a una vida de santidad», me consuela Anne Morrow Lindberg mientras voy volando desde que dejo a los críos en el campamento de verano y de nuevo al ordenador, después a la cocina y otra vez al ordenador hasta las ocho de la noche.

Este verano mi vida se ha visto interrumpida por períodos de dos horas, lo cual no es el sistema que más facilita la creación o la contemplación. Todavía me quedan cinco semanas de esa locura.

Es de una sutil ironía, no totalmente perdida en mi yo auténtico, que mientras escribo un libro sobre meditación, una obra que probablemente piensen que fluye desde la más profunda reserva espiritual y serena de la autora, dé la impresión de hallarme en continuo movimiento.

Esta es una jugarreta cósmica, o una elección cósmica, que puedo aprender por el camino fácil o por el camino difícil. No puedo limitarme a escribir sobre el encanto de la vida simple, tengo que vivir de acuerdo a ella, o si no será mejor que me dedique a escribir ciencia ficción.

Necesito desesperadamente restaurar la armonía en mi vida, hallar de nuevo el equilibrio entre lo interior y exterior, lo visible y lo invisible. La facultad de escribir parece surgir no tanto de mí como a través de mí, casi a pesar mío. 

Cuando la vida está desafinando necesitamos explorar con mayor profundidad el cuarto principal del encanto de la vida simple: la armonía.

Hace poco leí un libro encantador, el diario espiritual de una escritora de talento que se fue realmente a un monasterio con el fin de concentrarse, crear con claridad y terminar su libro a tiempo. Ya puedes imaginar qué parte del libro me causó mayor impresión. Dado que, como es lógico, no puedo seguir si ejemplo sin abandonar a mi marido, mi hija y mis animales, los cuales esperan en este mismo momento que los alimente, voy a detenerme aquí y trasladarme a la cocina. Es posible que hoy no pueda decir misa ni meditar, pero al menos puedo preparar la comida.

«El hogar es un lugar sagrado donde puedes comunicarte con los cuatro elementos del Universo, tierra, agua, aire y fuego. Debes aderezarlo con amor y tus sentimientos para crear magia. Al cocinar elevas tu nivel espiritual y consigues un equilibrio en un mundo materialista», nos dice la escritora y mística Laura Esquivel, autora de la brillante novela «Como agua para chocolate». En un mundo que con frecuencia está en descomposición, la cocina es un lugar tan místico como un monasterio.

Corta las tiras delgadas de pimientos rojos, pimientos verdes, berenjenas y calabacines. Pica finamente cebolla morada, albahaca fresca, orégano y tomates maduros. Saltéalo todo al fuego lento con aceite de oliva y unos ajos picados, hasta que los vegetales se ablanden. Toma un sorbito de vino. Pon agua a hervir y cuece en ella unos macarrones durante unos seis minutos. Ralla queso parmesano fresco. Calienta en el horno una pizza de requesón al romero comprada en la tienda. Mezcla la pasta con los vegetales y salpícala con el queso. 

Haz un brindis para agradecer la salud, el amor, la compañía, la deliciosa comida y un momento de tranquilidad. Un día vivido plenamente, es sencillamente abundante.

Evelyn Underhill, una mística escritora inglesa de principios de siglo, creía que las mujeres místicas con responsabilidades mundanas a menudo se convertían en «visionarias y profetisas» porque eran capaces de combinar «la trascendencia espiritual con una gran habilidad práctica». Ya sean poetisas, santas o cocineras «siguen siendo toda su vida devotas amantes de la realidad» mientras buscan el Espíritu.

Ahora esto suena a música en mis oídos. ¿Quieres tararear conmigo?