2 DE JULIO

El más sencillo de los placeres: una buena cosa que lo es

Redimir el tiempo. Redimir la visión inadvertida del más elevado de los sueños…

T. S. Eliot

Algunos días están modelados por placeres simples, otros de redimen tan sólo gracias a esos placeres. Hoy, un hermoso día estuvo modelado por gozosas sencilleces. Idilios en un porche, deambular por algunas tiendas interesantes, una tarde a la orilla del mar con familia y amigos, una lectura irresistible, confidencias mutuas, un cucurucho de helado…

Luego del regreso a casa, una ducha. Conversaciones al preparar la cena con una querida amiga, abundancia en los platos deliciosos, espléndido vino, risas y sana alegría…Y luego a la cama, feliz.

Un proverbio irlandés asegura: «Mejor una buena cosa que lo es, que dos buenas cosas que lo fueron, o que tres buenas cosas que tal vez nunca lo serán».

Hoy no hace falta mirar con melancolía el pasado ni proyectarse ansiosamente hacia el futuro, pues el presente se ha vivido con plenitud y sencilla abundancia.

Hoy ha sido rico con una buena cosa detrás de la otra, hasta desbordarse literalmente de placer.

Pero no todos los días sin como una estancia en la playa. No hace mucho, una llamada telefónica a las ocho de la mañana anunciando un importante cambio de planes, hizo que mi día derivase hacia el total descentro. Al colgar el teléfono los latidos de mi corazón se habían acelerado. De repente, mi estrategia cuidadosamente planeada para abarcarlo se había esfumado y mis compromisos como anfitriona casi se van al traste. Esto ya era demasiado, pensé mientras paseaba arriba y abajo, murmurando y gimoteando en voz baja. Tenía tres elecciones posibles, pero sólo una era una auténtica solución: gritar de rabia con toda la fuerza de mis pulmones, meter la cabeza dentro del inodoro, o respirar profundamente y redimir el día mediante el plan B.

Si realmente quieres desahogarte, es mejor hacerlo en un cubo de agua transparente. De modo que me preparé una taza de té y recordé la plegaria hasídica: «Sé que el Señor me ayudará…pero mientras tanto, ayúdame Señor.»

La verdad era que el día sería todo lo difícil que lo permitiera. O tan agradable. En mis circunstancias no había nada que yo pudiera hacer, sino aceptarlas. «La elección siempre será mía», me dije a mi misma. No es que me gustara necesariamente lo que la vida me deparaba, pero sí el intento de tomar la sartén por el mango.

A fin de cuentas, el éxito en la vida no resido en lo bien que ejecutamos el plan A, sino en lo fácilmente que nos podemos enfrentar con el plan B.

Así que consideré el plan B: redimir el día con sencillos placeres, con la búsqueda de algunas cosas buenas. Al principio, cambiar de marcha hacia el plan B exige cierta capacidad de ajuste, pero, al igual que con la conducción, con la práctica acaba convirtiéndose en un movimiento reflejo.

Primero me tomé el té en el jardín para tranquilizarme. Arranqué algunas malas hierbas, corté unas flores. Después de arreglarlas, hojeé unos libros. 

Los melocotones de encima de la mesa estaban muy maduros, así que decidí hacer pastelitos de fruta al llegar a casa. Mientras tanto, disponía de una hora para trabajar sin interrupciones antes de salir, y decidí hacer todo cuanto estuviera a mi mano. Era mejor una hora dorada que lo es, que dos que lo fueron, o tres que indudablemente no lo iban a ser hoy.

El día se abría ante mi…aunque no como yo había esperado. Sin embargo, gracias a Dios, no de manera irremediable.