29 DE JUNIO

Podar para seguir avanzando

Mi alma es un campo surcado por el dolor.

Sara Teasdale

Los accidentes de la vida ocurren de improvisto, inexplicablemente. Una corredora de fondo descubre que el dolor que siente en sus músculos se debe a una esclerosis múltiple. Una hermosa actriz, descrita por los medios como «una sirena hollywoodense», se somete a una doble mastectomía. La felicidad doméstica de una popular escritora, muy celebrada en sus libros, se desintegra públicamente. El rostro de una tractiva modelo queda destrozado por los navajazos de unos gamberros. Una pianista extra ordinaria, cae a la vía férrea y su mano ya nunca queda igual..

Esos accidentes particularmente crueles constituyen una prueba irrefutable del destino. Con demasiada frecuencia la vida nos golpea duro.

El término «accidentes de la vida» fue acuñado por Gail Sheehy en su libro «Pathfinders». En él, su autora profundizó los accidentes que sufrimos en nuestras vidas y que no somos capaces de predecir ni evitar.

«Como decía John Lennon (afirma Sheeny), los accidentes de la vida son las cosas que nos ocurren mientras hacemos otros planes»

Pero los accidentes de la vida no tienen por que ser pasto de las noticias de las seis. Los mas comunes, divorcio, deudas, adicción, pueden causarnos un efecto igualmente devastador.

Lamentablemente, según descubrió Sheehy mientras escribía sus libros, «la mayoría de la gente no encaja de forma positiva ni los acontecimientos previsibles, especialmente los que se producen en la madurez, ni los accidentes de la vida»

No obstante, las personas que consiguen sacar provecho de la adversidad se convierten en lo que ella denomina «pathfinders», o personas que buscan un camino o una salida de su situación de dolor, unos campeones que «negándose a dejarse hundir por los golpes de la vida salen de ellos victoriosos».

Los accidentes de la vida nos obligan a «podar» todo lo superfluo. 

Nuestras almas se convierten en unos campos surcados por el dolor.

Puesto que soy una jardinera neófita, la tarea de podar me inspira gran respeto.  Eleanor Parenyi me asegura en Green Thoughts: A Writer in the Garden que «las plantas saben que estás allí, y cuando te acercas a ellas y las tratas con respeto, afecto o rezas, te recompensarán desarrollándose de forma extraordinaria».

Dado que me inclino más por hablarles con cariño y rezar, siempre acometo la tarea de podar mis plantas con desagrado.

Por otra parte, la idea de eliminar una parte sana para estimular su desarrollo me deja perpleja, me parece ilógico.

Sí, comprendo intelectualmente que el hecho de podar una planta no la debilita sino que la refuerza, pero no deja de disgustarme. Sin embargo, cuando contemplo mis rosales entiendo que es necesario podarlos de vez en cuando para favorecer su crecimiento.

Nosotras también debemos experimentar dolor a fin de crecer. El dolor elimina las emociones, ambiciones y fantasías innecesarias y nos enseña unas lecciones que la felicidad no puede enseñarnos. El dolor elimina los detalles insignificantes que nos impiden concentrarnos en lo que es verdaderamente importante, minando nuestras fuerzas y nuestro espíritu.

Si no podamos nuestras plantas, lo hará la naturaleza por medio del viento, el hielo, el granizo, el fuego y las inundaciones, dándoles forma y reforzándolas. Si no somos capaces de eliminar el estrés que nos agobia y seguimos avanzando bajo la pesada carga de lo superfluo e inútil, lo hará el dolor.

El dolor es un jardinero nefasto. Los cortes que nos inflige duelen mucho.

Pero tras podar y eliminar todo lo superfluo de nuestras vidas, preferiblemente de modo voluntario, conseguiremos discernir lo que es real, importante y esencial para nuestra dicha.

Anímate. Examina tus plantas y tu vida. Cuando llegue el momento propicio, sal al jardín preparada con tus herramientas. Habla a tus plantas con cariño. Reza suavemente. Pódalas. Y sigue adelante.