19 DE JUNIO

Arriba y abajo por el jardín
La jardinería es un instrumento de gracia.
Mary Sarton


La jardinería fue uno de los primeros dones que el encanto de la vida simple me concedió al poco de haberme embarcado en el viaje del descubrimiento personal. Nunca había practicado la jardinería porque me parecía un trabajo absorbente y agotador. (Nadie dice nunca que «juega» en el jardín, sino que «trabaja» en el jardín.) Yo ya tenía mucho trabajo en la casa y escribiendo libros y artículos sin tener que ponerme encima a trabajar en el jardín. Pero hace unos años, en otoño, cuando empezó a emerger mi yo autentico, decidí no saludar otra primavera sin haber plantado unos narcisos atrompetados y unos tulipanes en mi jardín. Dado que no sabía una palabra sobre jardinería, recorrí a cuatro celebres jardineras: Gertrude Jekyll, Vita Sackville-West, Celia Thaxter y
Katharine S. White. Katharine White había sido editora de The New Yorker desde su fundación, en 1925, hasta que se jubiló en 1958. Asimismo era una apasionada de la jardinería. Su marido, el escritor E. B. White, recuerda en el prólogo del libro escrito por su mujer Onward and Upward in the Garden, que «Katharine consideraba el hecho de practicar jardinería en sus ratos de ocio algo totalmente natural, se encontrara donde se encontrase y por muy ocupada que estuviera con otros asuntos». Otra de las
aficiones de Katharine White era comprar por correo. «Hora tras hora estudiaba, analizaba, rechazaba o aceptaba las distintas propuestas de los catálogos, inmersa en el delirio que le producía cultivar sus plantas», escribe E. B. White. Esta insaciable pasión por los catálogos de jardinería la
llevó, al cabo de unos años, a escribir sobre el tema. Su primer trabajo fue un artículo sobre catálogos de semillas y semilleros con el que inauguró su famosa seria de artículos sobre jardinería titulada «Onward and Upward».
A mi entender, existen dos tipos de jardineras. Esas mujeres extraordinarias que no sólo conocen cada flor, sino que la conocen por su nombre en latín. Son tan hermosas las flores que cultivan y trabajan en el jardín luciendo una pamela, perlas, un vaporoso vestido de gasa y zapatos de Ferragamo. Llevan meticulosos diarios de jardinería, planifican la ubicación de las plantas sobre
papel cuadriculado y jamás transpiran mientras esgrimen un pico y una pala. Katharine White pertenecía a ese género de jardineras.
La palabra que mejor describe al otro grupo es el «grunge». En el jardín siempre estamos sucias y sudorosas, ostentando en lugar de un «pulgar verde» unas uñas impresentables porque nos olvidamos de ponernos los guantes. Nos referimos a «esa florecita amarilla», señalándola con el
dedo. Por lo demás, somos unas obsesas de la jardinería, poseídas no sólo por visiones del primitivo paraíso sino del Xanadú de Kubilay Jan. De otro modo, ¿cómo se explica que no se me ocurriera, al pedir que me enviaran catorce rosales en abril, que llegarían todos la misma mañana de mayo y me asaría días cavando? Antes de plantar unos rosales, hay que cavar unos hoyos muy profundos. No obstante, conseguí plantarlos en los hoyos que había cavado. Milagrosamente, no quede sepultada en ellos. Esos rosales se han convertido en los hijos de mi madurez, concebidos durante una tarde de apasionada lectura de catálogos de jardinería.
Pese a la habilidad de Katharine para la jardinería, escribir sobre el tema era una tarea «lenta y tortuosa», según observó mi marido. A mí, por el contrario, me resulta más fácil escribir frases que cultivar unos macizos de flores. Con todo, considero mis aventuras en el jardín como una trayectoria beneficiosa, una evolución del alma. La jardinería se ha convertido en un inesperado instrumento de gracia, pues he descubierto horas de paz interior mientras permanezco arrodillada cavando la tierra.
En el jardín me despreocupo del trabajo y de todo aquello que no puedo controlar. Es una tarea que me absorbe por completo, y el sacramento del momento presente que experimento mientras planto
flores o arranco hierbajos me produce una exquisita satisfacción. Mi mente se sosiega y siento mi corazón henchido de gozo. Ahora sé por qué el Gran Creador quiso que la mujer prosperara en un jardín. La sabiduría del Espíritu es infinita.
Una preciosa rosa llamada «Placer» reclama mi atención. Adelante y hacia arriba. Ha llegado el momento de jugar.