17 DE JUNIO

Un lujo al alcance de todos

No existe una casa tan desastrosa que no pueda transformarse en algo que valga la pena.

Elsie de Wolfe

En 1972 me trasladé a Londres para  buscar fortuna en el teatro. No lo conseguí, de modo que durante un tiempo trabajé de secretaria cobrando cien dólares semanales. Por necesidad, viví en un siniestro cuartucho llamado eufemísticamente «bed-sitter», consiste, aparte de una cama, un armario y una silla, en una cocinilla, un minúsculo lavabo, un frigorífico con dos estantes y unos tres metros de espacio. Básicamente, se trataba de cuatro paredes mal pintadas con una bombilla que colgaba del techo. 

El baño estaba en el otro extremo del pasillo, y cada vez que quería darme un baño caliente tenía que introducir un chelín en el contador para que se encendiera el calentador de gas durante cinco minutos. Pero mi cuartucho se hallaba ubicado en el piso superior de un majestuoso edificio victoriano, en una pintoresca calle inglesa y frente a un bonito parque. 

Tenía unos escalones de granito, una maciza puerta de madera negra con un picaporte de bronce que representaba la cabeza de un león, unas altas y elegantes ventanas bordeadas de madera blanca y unos maceteros negros de hierro forjado repletos de flores. 

Desde afuera presentaba un aspecto imponente, y cada vez que me acercaba a él tenía la impresión de ser la aristocrática dueña de una magnífica mansión.

Pero en cuanto entraba, cerraba la puerta y subía los cuatro pisos hasta mi habitación,  me convertía de nuevo en Cenicienta. También era una soñadora, y soñaba que algún día viviría rodeada de esplendor.

Un viernes por la tarde, cuando regresaba a casa después del trabajo, pasé frente al escaparate de unos grandes almacenes. Habían comenzado las rebajas y en el escaparate estaban expuestas las telas mas preciosas que jamás había visto. Llevada por la curiosidad, entré, eché un vistazo a mi alrededor e inmediatamente imaginé unas escenas de lujo y grandeza. Aunque no poseía una máquina de coser y apenas sabía coser a mano, el espectáculo de aquellos maravillosos tejidos era irresistible. Se me antojaba el símbolo del lujo, y a un precio razonable. Adquirí una pieza entera, unos treinta y cinco metros, de un algodón indio estampado en color tierra, verde hoja y azafrán. Me gasté casi todo, pero valía la pena.

Aquel fin de semana, me dediqué a cortar, pegar, clavar y colgar trozos del tejido. Forré con el las paredes y el techo, confeccioné unas cortinas cosidas a mano, una colcha, unas fundas de almohada y unos cortinajes que colgué alrededor de la cama. El domingo por la noche, tanto el cuarto como yo habíamos experimentado un profundo cambio. Estaba encantada con mi habitación y mi iniciativa.

Años mas tarde, cuando cayó en mis manos «Affordable Splendor», el indispensable manual escrito por Diana Phipps sobre el arte de la improvisación en la decoración de interiores, comprendí que éramos almas gemelas. 

Diana Phipps posee el don auténtico del ingenio. Utiliza lo que tengas a mano, desde cajas de cartón hasta colchones de crin. Es capaz de camuflar lo que sea y lo aprovecha todo, ya sea un viejo chal, unas cortinas que se caen a pedazos o una raída alfombra. Los resultados son unos ambientes lujosos, confortables, y originales que constituyen la esencia de lo chic de una tienda de artículos de ocasión pasado por el palacio de Buckingham. Ello no es ninguna coincidencia, pues Diana es una condesa nacida en Checoslovaquia que vivió de niña en un castillo. Posteriormente, tras la ocupación alemana la instauración del régimen comunista, su familia emigró a los Estados Unidos, donde vivieron en libertad pero en “circunstancias limitadas”. No obstante, una vez que Diana descubrió Woolworth’a y salió de allí habiendo adquirido cuarenta metros de algodón azul, nadie habría podido imaginar sus aristocráticos orígenes.

Yo adoro ese libro porque comparto por completo las ideas de Diana en materia de decoración. Jamás ha atendido los consejos de un experto sino sólo a lo que le indica su yo auténtico, lo cual es evidente. Según confiesa ella misma: «Por naturaleza soy perezosa y desordenada. Un carpintero, tapicero o pintor profesional hallaría, con razón, muchos motivos para criticar mi trabajo. Sé que no utilizo métodos ortodoxos ni la terminología correcta, en realidad, no quiero hacerlo. Sé lo que cobran los profesionales, el misterio que exhalan y, sobre todo, el tiempo que tardan en realizar su trabajo.»

Diana se encarga de hacerlo todo ella misma y ha ideado unos sencillos métodos destinados a personas «cuyo bolsillo, como el mío, no alcanza para llevar a cabo su sueño dorado».

Quizás parezca presuntuoso, pero creo que todos somos tan listos como Diana. Sencillamente, no hemos desarrollado nuestras dotes hasta el extremo en que lo ha hecho ella, porque Diana se fía de lo que ve y de sus impulsos creativos. Se deja guiar por su intuición.

Nosotros en cambio, frenamos nuestros impulsos, dudamos y acabamos apagando la chispa de nuestro ingenio. Hoy me gustaría convencerte de que no existe una habitación en tu casa que no puedas transformar utilizando pintura, sierras, un martillo, clavos, aguja e hilo, una máquina de coser, tiempo y energía.

«Lo más importante a la hora de decorar un ambiente, es pasarlo bien, divertirnos descubriendo un objeto aparentemente inservible y convertirlo en algo útil…Lo mejor es lanzarse adelante con decisión, entusiasmo y unas tijeras bien afiladas para eliminar obstáculos», nos asegura Diana.

Sarah Ban Breathnach