9 DE JUNIO

Imponer orden en la cocina

Una mente ofuscada no puede mover las manos con soltura, ¿y qué nos produce mayor ofuscación que un lugar de trabajo desordenado, aparte de resultar poco atrayente? 

La grata apariencia de orden es el elemento según el cual las mujeres juzgan la capacidad como amas de casa de sus amigas y vecinas. Y toda ama de casa eficiente sabe que la estancia de la casa donde es más importante que reine el orden es la cocina.

Woman’s Home Comanion, agosto de 1924

Yo no podría dormir por las noches si te diera la impresión de que lo que más me divierte en este mundo es limpiar la cocina. Eso me recuerda una entrevista que hice para un periódico a dos mujeres encantadoras que eran autoras de una serie muy popular de manuales sobre tareas caseras.

Me quedé pasmada cuando ambas me confesaron que no se ocupaban personalmente de los quehaceres domésticos ya que gracias al éxito que habían alcanzado podían permitirse el lujo de contratar a una asistenta. Tuve la sensación de haberme topado detrás de una cortina secreta con el afable ansiado que resulta ser el Mago de Oz. 

Compartir esa deliciosa anécdota con mis lectoras hubiera sido como lanzarme sobre la yugular, y ése nunca ha sido mi estilo.

Por otra parte, la información práctica que me habían proporcionado en sus libros resultaba útil y amena. No obstante, me costó escribir ese artículo (el cual, por cierto, encantó a dos autoras y a su editor).

Así pues, deja que sea la primera en confesar sinceramente que todavía no he hallado la forma de convertir la tarea de limpiar cocinas en un placer. 

Dado que soy de carne y hueso, necesito un poco más de tiempo para evolucionar. Eso probablemente explica por qué, cuando mi marido y yo nos repartimos las tareas caseras, elegí cocinar, lo cual me gusta mucho, mientras que mi querido cónyuge se ofreció para limpiar la cocina las noches en que no tuviera reunión de trabajo.

Las noches en las que mi marido está ausente, me encontrarás frente al fregadero de la cocina tratando de poner en práctica las enseñanzas del monje, poeta y escritor budista vietnamita, Thich Nhat Hanh, es decir, la forma espiritual de lavar los platos como si fuera lo más importante de nuestra vida. Debemos considerar cada cacharro sucio como un objeto sagrado. Todavía no he alcanzado ese grado de trascendencia, pero procuro planteármelo como lo más importante que hago en esos momentos.

Buena parte de nuestra rutina diaria tiene lugar en la cocina. Cocinar y fregar platos pueden ser unas tareas contemplativas, pero no  en medio del desorden.

Con todo, me costó mucho ponerme a limpiar y ordenar la cocina. Lo fui aplazando durante meses, buscando pretextos y cosas más urgentes que requerían mi atención. Pero el proceso de la gracia emanada del encanto de la vida simple persistió. Mientras las otras habitaciones de la casa se iban organizando poco a poco, el estado de la cocina no es que me irritara, es que me volvía loca, sobre todo cada vez que abría el armario y se me caían encima cientos de tarrinas de margarina. Al fin tuve que afrontar la verdad: si esa habitación constituía el núcleo de mi hogar, no era de extrañar que experimentara palpitaciones cada vez que entraba en ella para hacer algo.

Siguiendo el mismo método que había empleado para poner en orden la sala de estar, organicé mi cocina según sus funciones. Tenemos una cocina pequeña y estrecha, y hay que sacar el máximo provecho del espacio que disponemos. 

Cuando organices tu cocina, independientemente de su tamaño, ten en cuenta las diferentes actividades que se desarrollan en ella: preparar, cocinar y servir la comida, recoger la mesa y fregar los platos.

Una vez que me metí allí, empecé a ordenar y a tirar los objetos inservibles sin pensármelo dos veces. Al igual que había hecho en las otras habitaciones de la casa, lo que no podía identificar lo metía en una caja para que mi marido tratara de descifrarlo.

Eso suele propiciar un encuentro de lo más revelador entre un hombre y una mujer. Comprenderás por qué llaman a los hombres «el sexo opuesto» cuando veas a tu marido tratando de identificar esos objetos.

El momento de la verdad se produce cuando éste comienza a rescatar cosas de la bolsa de basura: la vieja y descascarillada sartén de teflón de sus tiempos en el instituto que, según él, todavía sirve perfectamente.

El aparato para elaborar vino que nadie recuerda de donde salió. O la freidora eléctrica que no puedes lavar como Dios manda debido al dichoso cable.

Tal como he recomendado en otras ocasiones, la tarea de ordenar una habitación y desechar objetos inservibles es, en mi opinión, una actividad solitaria.

La próxima vez que busques desesperadamente las tijeras de la cocina, limpies el frigorífico o friegues una grasienta sartén, recuerda que si buscas lo sagrado en las cosas ordinarias lo hallarás.

No te prometo que funcione siempre, pero en cualquier caso merece la pena intentarlo.

Sarah Ban Breathnach