8 DE JUNIO

Elogio del comedor sencillo y auténtico

Cuando somos auténticos, creamos unos espacios sencillos y llevamos una existencia hermosa y sencilla.

Alexandra Stoddard

Todos deseamos creer que nuestra presencia resulta grata en el mundo. Generalmente sólo pensamos eso cuando nuestros amigos nos invitan a sus casas. Pero he llegado a la conclusión de que lo que anhelamos por encima de todo es experimentar la sensación de sentirnos a gusto en nuestro propio hogar.

En estos mementos estoy sentada en la mesa del comedor, escribiendo, mientras espero que terminen de asarse unas patatas en el horno. 

La hermosa mesa redonda de roble sobre la que dejaré que se enfríen constituye el núcleo de nuestra vida familiar.

Desde su sólido centro emanan unos radios, a la manera de una rueda, formados por comida, bebida, conversación, convivencia, tradición y recuerdos, los cuales se hallan expresión en nuestra vida cotidiana.

Aquí hacemos mucho más que comer. Leemos el periódico, revisamos el correo, conversamos, hacemos deberes, pagamos facturas, decoramos tartas, colocamos flores en agua, jugamos juegos de mesa, compartimos confidencias y se reúnen familiares y amigos.

Aquí, en esta réplica del hogar circular sobre el que aparece representada la diosa Hestia, conmemoramos ritos de iniciación, celebramos vacaciones, bendecimos los alimentos que tomamos y nutrimos nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestros espíritus.

Unas cuantas veces al año invitamos a parientes y amigos a compartir esta querida y pequeña habitación con nosotros. Pero vivimos gozando en ella todos los días.

Actualmente, debido al tipo de vida que llevamos, está de moda recomendar a familias que no instalen un comedor, tan reverenciado por nuestros padres y abuelos, independiente de la zona de estar y de la cocina.

El progreso tiene su precio y es preciso ser prácticos, sobre todo viviendo en un diminuto apartamento o un modesto edificio de vecinos urbano. Las personas que marcan tendencias nos aconsejan anteponer los imperativos de nuestra vida a un ideal que no es sino una quimera.

Si disponemos de poco espacio, debemos transformar el comedor en una biblioteca, un cuarto de juegos o una salita para ver televisión.

En realidad no comprendo por qué esa sugerencia se considera tan chic, dado que nuestro comedor cumple con todas las funciones. Mi colección de recetarios ocupa un rincón, los niños y los gatos juegan aquí, el pequeño televisor instalado en una silla del comedor junto a la puerta de la cocina me permite ver las noticias de las seis mientras preparo la cena.

Nuestro comedor es una estancia multiuso: nos reúne a todos por las mañanas, por las noches y a lo largo del día. La apasionada realidad de esta habitación y los maravillosos momentos que pasamos en ella todos los días, invoca reverencia y exige ser conservada.

Aquí, generaciones de familias se hallan ligadas de forma tangible mientras la vajilla, la cristalería y la plata que han pasado de padres a hijos son sacadas de las estanterías y dispuestas sobre la mesa en un perpetuo ritual de hospitalidad, amor y voluntad de preservar la armonía familiar. 

Grace Aquilar, la novelista e intelectual inglesa victoriana de origen hebreo, escribió en 1847 que «lo real es el único fundamento de lo ideal».

Mientras preparo este lugar y mi corazón para recibir otro don auténtico, me pregunto si Grace llegó a esta sabia conclusión sentada en el comedor de su casa.

Sarah Ban Breathnach