26 DE ABRIL

Acordes mayores y menores del placer

Con labios trémulos y sonidos insuficientes, me esfuerzo y lucho por interpretar bien la música de mi naturaleza.

ELIZABETH BARRET BROWNING

La mayoría de las personas que tenemos la suerte de que no nos falte ninguno de los sentidos pensamos que si tuviéramos que perder uno de ellos, la pérdida mas terrible sería la vista. Pero Helen Keller, que quedó ciega y sorda después de una fiebre misteriosa cuando contaba con diecinueve meses, lamentaba haber perdido el oído más que la vista. La escritora Hannah Merker nos dice en «Listening», su conmovedora meditación sobre la pérdida del oído, que «los psicólogos aseguran que la sordera o la grave pérdida de un oído, cuando el ser humano la sufre después de haber disfrutado ese sentido, es el mayor trauma que puede experimentar una persona»

Hace once años estaba comiendo con mi hija, que a la sazón tenía casi dos años, en nuestro restaurante rápido favorito cuando un panel grande se desprendió del techo y cayó sobre mí. Sufrí una lesión en la cabeza que me dejó parcialmente incapacitada durante casi dos años. Durante los primeros tres meses de recuperación tuve que guardar cama y mis sentidos no funcionaban como era debido. Mi visión era muy borrosa, era extremadamente sensible a la luz e incluso los dibujos distintos de la colcha de la cama trastornaban mi sentido del equilibrio y tuvimos que darle la vuelta.

No podía leer ni entender las palabras escritas. Pero lo peor de todo, lo que más me desorientaba, era que el golpe había afectado mi sentido del oído. No podía escuchar música porque me mareaba. Ni siquiera podía sostener una conversación por teléfono porque, sin pistas visuales como el movimiento de los labios, no podía descifrar los sonidos para que fuesen inteligibles.

Estos fastidiosos efectos secundarios duraron bastante tiempo, pero a lo largo de un período de dieciocho meses fui recuperando poco a poco los sentidos, por lo cual me siento profundamente agradecida.

Te cuento ésta anécdota porque quiero que pienses que hay muchas cosas a las que no damos importancia hasta que las perdemos, ya sea de forma temporal o indefinida. Me entristece sobremanera ver que muchas personas necesitamos que el dolor nos despierte. Ahora hago todo lo posible por no percibir la vida desde la barrera con los sentidos adormecidos, hasta que otra conmoción haga de pronto que me de cuenta de la magia, la maravilla y el misterio de todo. Y lo mismo deberías hacer tú.

Kate Chopin escribió en 1900: «Me pregunto si todo el mundo tiene un oído tan fino y penetrante como el mío, un oído que detecta la música, no sólo de las esferas, sino de la tierra…»

He aquí algunos de mis sonidos favoritos: el ritmo tranquilizador de la respiración de mi marido en plena noche cuando no puedo dormir, oír las frases «te quiero» y «ya estamos en casa», junto con los pasos en la escalera, la voz de una buena amiga por teléfono, la lluvia sobre el tejado, el ronroneo de un gato, el ruido que hace el perro cuando golpea el piso con la cola; el silbido de la tetera,  la melodía de las palabras combinadas de modo que forman una oración que despierta la imaginación e ilumina el alma, los sonidos exquisitos del silencio que caen en cascada sobre mi cuando hago una pausa momentánea y dejo que el Universo continúe su marcha sin mi ayuda ni mi supervisión; y la música…música que me dé sosiego, que me inspire y que me conmueva con oleadas inesperadas de placer sublime. 

Está sonando el concierto de la vida real, deléitate con agradecimiento en los acordes mayores y menores de su hermoso estribillo.

Sarah Ban Breathnach