22 DE MARZO

Por qué la confianza en una misma no se puede adquirir, pero se puede pedir prestada

Me enseñaron a ser «altiva». No lo fui. Tan solo tuve seguridad en mi misma. Ésta es y ha sido siempre una cualidad imperdonable al inseguro. 

BETTE DAVIS

Sería maravilloso si pudiéramos simplemente acercarnos a un mostrador de artículos de cosmética y comprar un frasco de autoconfianza del mismo modo que compramos una crema para la cara. Por desgracia, éste elixir espiritual, lo mismo que un perfume caro, es distinto para cada mujer debido a la química de cada cual.

Cuando yo era más joven, mi pócima de autoconfianza estaba fuertemente aromatizada con perspectiva, optimismo y fe; más tarde aparecerían la experiencia, el conocimiento y la sabiduría. Sin embargo, todos los días cada nueva oportunidad o desafío requiere que me prepare una ración especial de energía. Ésto lo consigo arreglándome todo lo posible y vistiéndome para el papel, a continuación rezo mis oraciones y pido que se produzca la chispa. Luego llega «la hora de levantar el telón». Actúo como si tuviera confianza en mi misma y los demás me ven así.

Cuando  te sientes insegura pero la vida requiere que parezca lo contrario, resulta muy cómodo recordar que siempre puedes pedir prestado a tu yo auténtico una actitud de confianza en ti misma. Éste sabe cuán fantástica eres y puede darte un poco de ánimo, que es lo que realmente necesitas. Nuestro inconsciente no sabe distinguir entre lo que es real e imaginario (que es como trabaja la visualización creativa). Si actuamos como si tuviéramos confianza en nosotras mismas, nos convertiremos en mujeres seguras, a menos por un rato.

«Debes hacer aquello que crees que no puedes hacer», declaró en una ocasión Eleanor Roosevelt, y se pasó la vida demostrándolo. Cuando en la vida surjan dificultades, podrás superarlas invocando al Espíritu y pidiendo prestado a tu yo auténtico el perfume de la confianza en ti misma.