16 DE MARZO

Pasear y meditar

Os diré lo que aprendí. Un paseo largo, de ocho o nueve kilómetros es una ayuda. Y una tiene que darlo sola y todos los días. 

BRENDA UELAND

Mientras me tomé el caminar como un ejercicio, nunca llegué más allá de la puerta principal. Pero un día me sentía tan inquieta, que tuve la sensación de que iba a saltar fuera de mi piel, así que salí apresuradamente de casa, a la hora del almuerzo, como si huyera de un crimen. Me sentía llena de decepciones, de recuerdos dolorosos, de expectativas poco realistas y el futuro y los inevitables cambios me llenaban de terror. El único lugar seguro para mi era el momento presente: los pies pisando la calzada, el viento en la cara, la respiración entrando y saliendo de mi cuerpo. Al cabo de cuarenta minutos, me detuve y descubrí con asombro que me encontraba al otro extremo de la ciudad y emprendía la vuelta a casa, tranquila y centrada. Desde entonces, camino con regularidad, pero sigo sin caminar para hacer ejercicio, en vez de ello, paseo con frecuencia por mi alma y el cuerpo sigue mis pasos. 

Hay diferentes razones para caminar: incrementar el ritmo del corazón y acumular fuerza, resolver un problema creativo, terminar una discusión contigo misma o con otra persona, pasear y contemplar el mundo que te rodea, y meditar.

Thoreau se quejaba de que a veces caminaba «sin poner el espíritu en ello…el pensamiento de algún trabajo entra en mi cabeza y no estoy donde mi cuerpo está…estoy fuera de mi»

Si te resulta difícil sentarte a meditar. puedes intentar meditar caminando, aunque durante el día trabajes en la ciudad, puedes dar un breve paseo a la hora de comer. Nadie tiene por qué saber que te has aislado del mundo y estás meditando mientras paseas por la calle.

A veces esperamos experimentar una trascendencia inmediata y nos llevamos un chasco cuando parece que no ocurre nada. Olvídate de las expectativas y la vida se desplegará paso a paso.